Ya iban ocho años exactos y seguía solo, encerrado, aislado, dando forma a sus textos más largos y ambiciosos. Paraba solo para comer y descansar unas horas, aunque no siempre respetaba esto. Era tal la presión que le causaba el plazo de entrega que le habían asignado que llegaba a trabajar más allá de dolencias físicas que surgieran o del cansancio mental que amenazara con bloquearlo.
Dos semanas faltaban para la fecha, y eran cada vez mas largas las sesiones de escritura a las que se sometía. Leía y releía, buscaba la perfección en cada frase, tenía claro que de eso dependía su vida. Diariamente le acercaban agua y comida, muchas veces esto venía acompañado de un mensaje de su captor, informándole el tiempo que le quedaba para finalizar su obra.
Las pautas que le dieron eran claras y debía respetarlas al pie de la letra, no se trataba de un texto mas, no había margen de error. Cada mañana venían a retirar lo escrito y al día siguiente se lo enviaban con las correcciones que se consideraban pertinentes. Al cabo de los años de cautiverio había escrito sesenta y cinco textos, los cuales no podía firmar con su nombre, solo con nombres ficticios.
Restaba el último texto que completaría su trabajo, para ese entonces su grado de deterioro mental era considerable. Finalmente, llegó el día de entrega, faltaba un título, pero su mente no podía mas, parecía que el plazo de entrega coincidía con el fin de sus fuerzas. Puso su mente en blanco y escribió lo primero que le vino a la mente; Apocalipsis.
Fin del texto. El poder divino estaba inventado, amén.
Por la mañana vinieron a retirar la conclusión del trabajo, las instrucciones eran precisas. Una hora más tarde fue ejecutado sin piedad.
- Federico Molina (Septiembre 2009)
